martes, 19 de marzo de 2013

L'Origine du monde (El origen del mundo)




                                                       L'origine du monde - Courbet


Moviéndonos por el mundo dando volteretas,
filtrándose en nuestras papilas
toda la dulzura de la placenta,
¿Quién necesita llorar
para mamar de la teta?

Con los ojos cerrados
solo vemos nuestro corazón latir,
sin aire en los pulmones no respiramos más allá
de la calma. Los huesos son blandos y no se pueden partir
pues el vientre es un búnker que todo lo resiste.

Quién pudiera volver allí donde no nacer no significa morir.
Qué desanlace tan cruel, sin embargo, el estar desenlazados del cordón umbilical,
frontera de este mundo en el cual solo a los ángeles dedicamos una sonrisa.
Este mundo minado de lágrimas que sudan nuestros poros
que sangran nuestras heridas, que tragamos en la saliva.

Caímos al infierno expulsados de la cima de aquel monte.
 Rozamos allí el cielo. Nosotros, frutos de ramas benditas.
Ah pero hace tanto ya que los postigos se cerraron,
hace tanto que una y otra vez caemos, que esta enfermedad
que insiste en golpearnos contra el suelo es inmune...
Inmune tú, a todos nuestros esfuerzos.Inmune solo tú, puta gravedad.


                                                                     Autor: Miguel Hernández Pindado


jueves, 21 de febrero de 2013

Le Vol du Cœur


Anidaron dos tórtolas en mi corazón.
Anidó una tórtola parda el lado izquierdo
el lado derecho una tórtola blanca.
Pero las tórtolas no entienden de muros,
no entienden de septos, y anudando sus alas
en un abrazo le dieron cobijo.

Batiendo sus alas llegaron de un cielo
que no recuerdo,
y fueron a posarse sus patas
en mi malherido pecho.
Como niños en la playa
escarbando con sus manos

y preguntándose si había un final
hallaron la respuesta las yemas
de sus dedos en el mar. Esa fue la fuente
en la que calmaban su sed en las tardes
soleadas que calientan los columpios
de cuerda y de madera, de vena cava y de aorta.

A veces hambrientas ellas
picoteaban mis aurículas
y aun dejándolas siempre
insatisfechas no migraron
lejos de este pobre refugio.
Blanca y parda, parda y blanca,tan ajenas,

casi antagonistas, polinizaron de acónitos
mi juventud y sus primaveras.Bajo un banco,
a la sombra de un sauce sus brotes irrumpieron
abriendo heridas en la reseca tierra.
Y allí sobre esa tierra estaba yo con mi piel desnuda
viendo cómo el otoño raptaría una primavera

que no retoñaría de nuevo. Verdes,
las hojas iban tornándose marrones en el aire,
los paseantes regresaban a sus hogares
bajo paraguas descoloridos de negros arcoiris
y solo ellas eran perennes en este caduco parque.
El ritmo descendió y un pálpito

quedo desencadenó el invierno. Vino a nosotros
como un alud, envejeciéndolo todo.
Fue un invierno largo y duro. Sentado
en el banco bajo el que brotaran acónitos
tiempo atrás esparcía ahora migas de pan
en los marcados surcos de mis manos

dando de comer a las tórtolas. Mas un día
mi pulso falló, cayeron las migas al suelo.
Mi corazón y aquel parque se infartaron,
desplomándome yo sobre el banco. Entonces,
el sauce  derramó una lágrima, su sacilina
cicatrizó las heridas, y en esa única lágrima,

en esa furtiva lágrima se cazó la imagen de
dos tórtolas que un día llegaron a mí
y que un día a otro país,con un pedazo de mí, migraron.


                                                                     Autor: Miguel Hernández Pindado

domingo, 13 de enero de 2013

El Rompecabezas de Cronos



Forjan los herreros las balas
con las que dispara Caín a Abel.
Pinta el cromagnon en acuarela
frescos en aquella catedral
construida por orden del faraón.

Sus escribas imprimen papiros
que guían al navegante portugués
Colón, quien, creyendo estar en Bombay,
alunizó. Por un pedazo de pan mendiga
Marie Antoniette.Los pobres en sus palacios

engullen pastel a dos carrillos.
Mira cómo tiran los caballos de ese autobús,
mira cómo llega a Maratón pedaleando el joven Filípides.
Cabarets televisados en la Belle époque,
le cae a Newton la manzana mientras

escucha a Led Zeppelin en su reproductor.
Pilatos tira su mano, en la mesa Cristo
y Barrabás se encuentran en una encrucijada.
Envida Barrabas, Cristo piensa que es un farol
pero cuando muestra sus cartas hay escalera real.

Bacterias informáticas erradicadas a diario
por la acción de la penicilina junto
al ácido clavulánico. Noé agarrado a una farola
bajo la lluvia sigue cantando, Beethoven la muerte
de Mozart llora al escuchar su Réquiem

en la radio. Gigantes de tres brazos
habitan en los campos eólicos. Don Quijote
y Sancho Panza les tienden una emboscada.
Aquiles Jugando al fútbol se ha torcido
el tobillo y Dorian Gray en su webcam envejece.

Navegan en un diván los sueños de Calderón de la Barca
sobre ese océano, sobre ese mar que es la vida
y que Freud analiza. Einstein consigue sacando
la lengua que esboce la Gioconda su sonrisa
y el Big Bang exterminará un agonizante final.

Escribo yo la historia como debería ser.
sin cambios, sin mentiras. Porque como
se está escribiendo ahora, la escriba quien la escriba,
mientras yo escribo, no se ha dado cuenta
de que conmigo ha cometido un anacronismo.



                                      Autor: Miguel Hernández Pindado

viernes, 4 de enero de 2013

Time














El tiempo en silencio no es tiempo callado,
el tiempo es sigiloso y anda descalzo.
El tiempo son huellas, el tiempo es pasado,
el tiempo es futuro, el tiempo son pasos.
El tiempo no mata, el tiempo es un rayo,
el tiempo no muere mas yo lo he matado.
El tiempo corre y mi carrera ha acabado.
El tiempo no respira, mi tiempo se ha ahogado.
El tiempo sin tiempo será mi descanso.

                                   
                                    Autor : Miguel Hernández Pindado

domingo, 2 de diciembre de 2012

Barkarole







Sola, estaba tan trémula y sola
en la ribera del Leteo olvidada,
mas el destino su agua ante mí helaba
como aquellos bóreas abrasaban mi corola.

Ah la savia ingrávida me consume e inmola.
Descienden, Perséfone, por tu vestido que argentaba,
tus manos, manos marmóreas y aterciopeladas.
Posándose melindrosas, sobre mis pétalos de Barkarola,

han de ser el cáliz que viene a endulzar mi fin,
y rociando esas lágrimas, lágrimas o nepentes,
me liberas,¡Oh, tú, prisionera!, del sempiterno Spleen.

Pozo de abismo donde se hallaba en hipnosis,
se ahogaba, sin embargo, despertó de repente
mi alma, abrazada, a su metempsicosis.



                                                                     Autor: Miguel Hernández Pindado

Martinets Coléreux






Van y vienen, vuelven y se van

desde hace algún tiempo

las aves en la ciudad.

Se marchan y regresan


en bulevares descritos por el viento.

Alrededor de las almenas

bailan valses estas parejas

con sus vestidos cenicientos.


Semejantes a las gotas,

unas detrás y otras delante

surcan el cristal de mi ventana.

Se desvanecen y renacen semejantes.


Van y vienen, vuelven y se van

las aves en la ciudad.

Carente de ruido mas no de furia,

sobrevuela la muralla este enjambre infernal.


Forman un caos hiriente

estos acróbatas en los cielos.

Trapecistas en un equilibrio

que permanece a menudo ausente.


En un equilibrio que quizás haya muerto

se tambalean, producen vértigo,

tropiezan y caen en el olvido

pero algún día a la cuerda habrán vuelto.


Unas están realmente tan cerca,

otras parecen estar tan lejos...

Unas pocas suben, la mayoría bajan

por las indefensas torres, estas furtivas armas.


Son cientas de miles

y de miles son cientas

las que ataco y no se inmutan.

A las que mis gritos no ahuyentan.


Blandiendo sus afiladas espadas

inician una guerra muy desigual.

Un soliloquio de estocadas

me atraviesan como sus alas el viento.


No hay lugar por el que camine

sin sentirme un extraño,

no hay ya en Ávila un arco

que al menos una no escudriñe.


Los vencejos de ayer

ahora son gárgolas de piedra

que petrifican tus adentros

que siempre vuelan por tu cabeza.


Sus sombras como cascadas

sobre las plazas y avenidas se verten.

Las inundan, trato de huir y huyo,

pero no ya no existe refugio.


Entre la vida y la muerte

colgado en ese punto de inflexión

que clava mis manos en una cruz vieja

a la luz oxidada de un farol,


oigo envejecer los segundos.

Poco a poco, muy despacio,

nacen con un tic

en un tac se deshacen.


Un aquelarre de buitres

enredan el cielo entre mis cabellos.

Coronan enzarzados en mi frente

ensangrentándola de sufrimiento.


Ensangretándola de ese sufrimiento

que mañana se habrá desangrado

y que coagulado envolverá mi cuerpo.

Entonces los carroñeros harán el resto...


Entre la vida y la muerte,

colgados en ese punto de inflexión

esperan también esos segundos conmigo

a que se pare el reloj.



                                                  Autor: Miguel Hernández Pindado

sábado, 1 de diciembre de 2012

La Fée Verte (El Hada Verde)








Dentro, acurrucado y envuelto en sudor,

escucho esos nudillos de ayer,

los golpes de hoy ya me golpean.

Imagino no imaginarlos mañana,


respiro entrecortadamente, mi corazón late quedo, y yo,

inmóvil, me hallo ajeno a cualquier movimiento.

Un delirio ebrio emborracha mi sobriedad

mientras el repicar que llama a mi puerta me conmueve.


Tengo aún esos pensamientos a flor de piel,

resiste su profundo y colorido olor que me lobotomiza, y

es que sobre mí los depositó para siempre la pálida

mano que toca, toca, toca, toca...


Entonces surgió un hada verde. En la noche nos besamos,

nos fundimos haciendo el amor, ¡tan ardientes!, como bajo el fuego

se funden en la madrugada el olvido y la locura, el azúcar y la absenta.


                                                                         
                                                            Autor: Miguel Hernández Pindado